Siempre pensé que mi empatía, mis ganas de complacer y hacer felices a los demás, mis deseos de ayudar, sorprender y asombrar… eran un exceso. Una maldición.
Llegué a creer que era una boba y que jamás quería ayudar a nadie.
Eso me pasaba por estar tan enfocada en lo negativo.
Por años trabajé al lado de personas ayudándoles a cumplir sus sueños, y aunque eso me daba sentido, también me frustraba profundamente… porque sentía que no estaba cumpliendo los míos.
Y entonces, como muchas veces hacemos, culpé al rasgo equivocado: culpé a mi capacidad de ayudar.
No entendía que eso que tanto rechazaba era justamente lo que me hacía única, lo que me permitía dejar huella, lo que, en el fondo, me acercaba a mi propósito.
Con el tiempo lo vi con claridad:
El problema no eran mis dones de servicio… eran mis límites, no sabía cuándo, dónde ni con quién decir que no. No sabía proteger mi energía.
Pero cuando pude observar mi historia desde una mirada más objetiva, me di cuenta de algo esencial:
Todo eso que hacía —preocuparme por los demás, acompañar, construir codo a codo, sorprender, cuidar, crear momentos inolvidables— nos había hecho felices, nos conectaba, yo lo hacía con naturalidad y era algo que los demás necesitaban, también eso me destacaba en mi trabajo y había representado mi éxito profesional y social durante toda mi vida.
Ahí estaba mi poder.
Y comprendí, al fin, que lo que nos hace poderosos no es tener algo que los demás no tienen, sino saber usar lo que sí tenemos con pasión, conciencia, límites y generosidad.
Es en esa mezcla de roles, conocimiento, acción y servicio donde se encuentra el verdadero propósito.